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martes, 12 de junio de 2007

El Síndrome de Grajal

Durante los últimos días se suceden las noticias en torno a la mudanza de unas monjas desde Grajal de Campos a Toledo. Se trata de una agrupación conventual que decidió trasladar su residencia al experimentar el antiguo edificio que ocupaban una plaga de termitas, según sus explicaciones.

Con el equipaje las monjas se han llevado varias tallas que reposaban en la iglesia aneja a sus dependencias, templo éste propiedad del pueblo. La imágenes presuntamente hurtadas y ahora reclamadas se encontraban en dicha iglesia, y pertenecían, según se argumenta, a una cofradía muy antigua conformada por vecinos. El pueblo ha respondido al polémico traslado con la reclamación de las esculturas y, ante la falta de respuesta del grupo religioso, con una demanda por lo que consideran un robo.

Para entender este proceso hay que estimar que la orden religiosa fue creada durante el Siglo XIX. Al hilo de su fundación se fijó una comunidad en Grajal de Campos. En otros casos, a falta de saber cómo fue en éste, solía ser común la cesión de edificios por parte del pueblo a la comunidad religiosa que pretendiese asentarse en él. Por añadidura, aparte de la existencia o no de termitas, se comenta que las monjas podrían haber vendido el edificio, lo que indicaría que no estaba en tan mal estado como se pretendía difundir.

Con independencia de lo que cada uno pueda opinar sobre cómo debería actuar cada una de las partes hay algunas cuestiones menos discutibles. En cuanto a los iconos desaparecidos, se encontraban fuera del espacio conventual. Además se trata de tallas anteriores a la existencia de la orden religiosa y consta su permanencia en Grajal de Campos previa a la llegada de las monjas.

Comentaba el Obispo de León hace unos días en las páginas de este periódico que ha faltado diálogo por parte de los vecinos. Por el contrario parece más bien que son las monjas las que deberían responder, evitando personas interpuestas. No es una cuestión baladí que esté calando en la sociedad la impresión de que un grupo de monjas pueda haber robado bienes a un pueblo.

Y es por tal deterioro del buen nombre por el que el papel desempeñado por el Obispo debiera ser más activo, ya que con este asunto la Iglesia está sufriendo un grave daño en su imagen. Cabría esperar que se exigiese a la comunidad religiosa argumentos y documentación fehaciente para justificar este acto. Sin embargo da la impresión de que se pretende dejar las cosas como están, lo que podría concluir con una sentencia de los juzgados.

Si el dictamen del juez acusa a las monjas, el perjuicio a la imagen de la institución eclesial será aún mayor. ¿No merece la pena explicarse con claridad? ¿No es mejor abandonar los silencios y las dilaciones cuando lo que se ventila es el buen nombre de la institución?

domingo, 10 de junio de 2007

Una Oferta Distinta

La Semana Santa que conocemos tiene su origen en las convulsiones religiosas que vivió el cristianismo durante el Siglo XVI. Fue entonces cuando nació el protestantismo, que privaba de valor religioso a las estatuas e interiorizaba el sentimiento religioso convirtiendo a cada individuo en un templo de Dios.

La reacción de Roma y de sus partidarios fue llamada “Contrarreforma”. Entre los aliados papales se encontraba el gobernante de la primera potencia del momento: el Rey de las Españas. Fue en sus territorios donde se desató la respuesta más furibunda a las tesis de Lutero.

Con ella llegó el enaltecimiento de los iconos creando una de las mayores escuelas de imaginería de la Historia en la Corona de Castilla. Frente a la interiorización evangelista se desarrolló la representación esculpida de los pasajes bíblicos, que llenó las iglesias de retablos y recargadas decoraciones alusivas. Las calles se llenaron de procesiones que mostraban el realismo brutal de las tortura crística a la luz de las velas. El populacho pudo entonces compartir aquel éxtasis colectivo con la autoridad establecida.

La dramatización del dogma religioso, indisolublemente unido a las representaciones de autoridad, tomó las calles de las principales poblaciones del reino. Sin embargo, donde más fulgor alcanzó esta manifestación fue en los principales centros del momento: Sevilla, capital económica del Imperio, y Valladolid, centro político donde la nobleza se acercaba al Rey.

Este preámbulo nos indica que cuatro siglos y pico más tarde León, que entonces era una ciudad pequeña y decadente, no puede aún hoy pretender rivalizar con otras semanas santas como las citadas utilizando los mismos recursos. La calidad de la estatuaria, la suntuosidad, la poderosa tradición y la economía superan lo que las cofradías leonesas pueden ofrecer.

La Semana Santa fue un fenómeno religioso en su origen, pero en la actualidad se vuelve crecientemente festivo, asociativo y turístico. No hay contradicción en ello. El reconocimiento de esta realidad debería ser el primer paso para reelaborar la Semana Santa leonesa y hacerla más nuestra, más diversa, más heterodoxa.

En estas fechas la ciudad despliega la mayor movilización colectiva de sus ciudadanos. Por eso es importante que ese caudal humano que reúne los silencios con el bullicio de la sangría, que mezcla la solemnidad con el golferío, que reúne, en fin, todo lo que la personalidad de esta ciudad ha sido y es, se transmita al exterior con buena dosis de creatividad autóctona. Sólo así lograremos que nuestra Semana Santa procesione con un ritmo propio